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domingo, 10 de enero de 2010

El despertar del día



Domingo, siete de la mañana, veo despuntar el día, hace frío, mucho frío, pero llevo dos días en casa y necesito aire, preparo el trípode, cojo la cámara y salgo hacia Sant Salvador, a escasos 15 Km de casa y desde donde la naturaleza ofrece una atalaya impresionante para ver el mar, la costa y el interior de la isla.
Aunque una de las visiones más bellas es la de Portocolom acariciado por los rayos del sol naciendo.



No busco nada en especial, me he acostumbrado a que cuando voy a encontrarme con la naturaleza no busco, disfruto con lo que me es dado, hoy no podía ser menos, el oro líquido se fundía sobre el agua, la limpieza de la atmósfera después de estos días de lluvia dejaba ver toda la costa.



La imagen de Crist Rey se perfilaba sobre un mar amarillo oro, remanso de paz, el frío hace que el cuerpo necesite moverse.




Intento nuevos ángulos, intento encontrar ese destello que me de los buenos días, me lo regalan al mismo tiempo una nube y el sol.








Sigo disfrutando de el estar, del sentir, del sentirme, de lo que me es regalado.






A la derecha el castillo de Santueri, una fortaleza en ruinas sobre una mole de piedra que en su interior esconde miles de historias. 

Hablamos unos segundos, le prometo una visita pronto, el sol, juguetón por la mañana se pasea entre nubes oscuras.







Termino de subir la explanada, desde el otro lado puedo ver la Serra de Tramontana, completamente nevada, y me siento un momento, dejo que el viento helado acaricie mi cara, estoy feliz.


De nuevo he visto despertar un día, otro más de esos pequeños milagros que nos hacen sentir vivos y que son los que a mi particularmente me llenan ese pequeño cofre donde guardo mis tesoros.




Texto y fotos: Miguel Adrover Caldentey