Para finalizar esta serie de posts sobre los emigrantes y refugiados hoy voy a intentar acercarnos un poquito a las causas y consecuencias.
En esta última década la emigración ha sido tan brutal que en 2007 se cruzo por primera vez en la historia el umbral según el cual el 50% de la población mundial reside en ciudades. Un umbral que se consideraba imposible hasta hace pocas décadas y cuyo parámetro de seguimiento demuestra unas pautas divergentes, ya que si a mitad del siglo XX las ciudades del hemisferio norte del planeta eran las que crecían con rapidez, a finales del siglo frenaron su crecimiento y ahora pierden habitantes, las ciudades del hemisferio sur en la actualidad crecen a un ritmo devastador, y que no pueden hacer frente a dichas pautas de crecimiento ya que no son capaces de dar servicios mínimos a los que diariamente llegan. Consecuencia, hacinamiento, extrarradios convertidos en enclaves chabolistas, insalubridad con crecimiento de enfermedades contagiosas o epidémicas, etc.
El hemisferio norte, vive actualmente un pequeño éxodo de sus ciudades, no de los hábitos urbanitas de sus ciudadanos, si no que debido a la evolución tecnológica y de la globalización, cada día es más fácil poder tener el puesto de trabajo en casa, comprar por catálogos virtuales, desplazarse con últimas tecnologías, vivir aislado en un mini ambiente urbanita de gran ciudad en una pequeña urbanización a cientos de km. de la urbe. Lujos disponibles para unos pocos que una vez más se desplazan para aislar o esterilizar su entorno. También existe un pequeño movimiento que busca de nuevo volver a reencontrar los vínculos rurales, desencantados de la creciente masificación de las ciudades y, aceptémoslo, la peligrosidad y aumento de violencia que existe en algunas.
El éxodo en el hemisferio sur viene dado por la creencia de que las ciudades son garantía de oportunidades, garantía de un futuro mejor, realmente muy pocos son los que consiguen dicho objetivo, más de un 90 % de los recién llegados en estas condiciones, desplazados de una zona rural sin tener recursos económicos para alquilar una vivienda ni estudios o capacitación laboral, terminan aumentando los enclaves chabolistas del extrarradio, mendigando o en ambientes marginales, gran parte de ellos decepcionados cuando tiene oportunidad, buscan emigrar hacia otros países, sin tener tampoco ninguna garantía de éxito.
También hay que tener en cuenta que hay países cuya pobreza es tal que los emigrantes no se pueden detener en su interior ya que no hay posibilidades para ellos, esos emigrantes buscan trabajo más allá de sus fronteras, actualmente se considera, según un estudio de Naciones Unidas, que las personas emigrantes de países pobres envían anualmente a casa remesas de aproximadamente 300 billones de dólares, tres veces más que la ayuda global internacional que se destina a dichos países. Hay que destacar que un 15% de los países del mundo reciben el 80% de emigrantes, y de ese 15% sale el 90% de las remesas económicas enviadas a casa.
El temor actual es que estemos únicamente a las puertas de lo que puede ser las mayores migraciones de la historia, ya que este movimiento social y de hábitos planetarios esta provocando incidencias sobre los ecosistemas y sobre el medio ambiente a causa de la perdida de biodiversidad, en concreto la perdida de productividad de los campos, la desertización por las emigraciones, la deforestación de selvas y bosques tropicales en Brasil, en Camerún e Indonesia para ganar terrenos de cultivo debido al aumento de demanda de productos básicos que antes se cultivaban y ahora se compran, la deforestación de bosques para la industria papelera, concentraciones de ganado en explotaciones ganaderas que son únicamente granjas, mientras que los campos han perdido ya todas sus ovejas, cabras, vacas o simples gallinas que ayudaban a mantener fértil la tierra.
Estas acciones tienen una incidencia brutal sobre dos aspectos que afectan a nivel mundial, el primero sobre los pueblos indígenas que viven en las selvas y bosques tropicales, dichos pueblos se enfrentan a la inminente amenaza de perder su medio de vida, su cultura y su lengua. (Sobrecoge saber que la mitad de las 6700 lenguas que existen en el planeta están en peligro de desaparición antes de que acabe este siglo). La segunda y que nos afecta a nivel planetario es la incidencia directa sobre el calentamiento global del planeta, por un lado la pérdida de masa arbórea y de grandes extensiones de selva a la vez que aumentan las emisiones de CO2 conjuntamente en las grandes urbes, si no se controlan de manera inminente, se estima que aceleran los efectos combinados de la fusión de los casquetes polares y la dilatación térmica del agua, esto provocará un aumento del nivel de los mares en más de un metro a finales del presente siglo.
Las primeras victimas de este aumento del nivel del mar serán las pequeñas poblaciones que viven en pequeñas islas y ciudades costeras, para el año 2100 ese aumento podría sumergir grandes zonas de muchos países y poblaciones enteras, los habitantes de dichas zonas, sin ser responsables de este calentamiento global serán las primeras víctimas de una nueva migración que probablemente cambie de nuevo la fisonomía del mundo como actualmente lo conocemos si no se pone remedio antes.
Ojala seamos lo suficientemente civilizados para evitarlo y sepamos conservar un planeta que es nuestro lugar de vida, y que en ningún caso se nos ha dado en propiedad.
Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey
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sábado, 19 de junio de 2010
jueves, 17 de junio de 2010
Refugiados, emigrantes forzosos.
En la actualidad es muy difícil determinar con exactitud el número de emigrantes forzosos que existen en el mundo. Esta emigración, muy diferente a la emigración social, está llenando los horizontes de campos de refugiados, ya que debido a las causas de dichos desplazamientos, estos emigrantes forzosos suelen ser comunidades y familias afectadas por una causa externa, socio política, militar, de persecución étnica o desastre natural que les obliga a un desplazamiento inmediato y siempre con destino y futuro incierto.
De estos emigrantes forzosos existen claramente diferenciados dos grupos, los que pueden acogerse al status de refugiado y los que no. La Convención de Ginebra de 1951, todavía hoy el principal instrumento para la protección de refugiados, define a un refugiado a “alguien que huye de su propio país por un temor bien fundado de persecución policial por motivos de raza, religión, membresía de un grupo social concreto o tener una opinión política”
Esta definición genérica de los refugiados deja fuera de dicho status a todos los que han huido de desastres naturales, o que, a pesar de ser perseguidos quedan enclavados en zonas delimitadas a modo de ghetos en su propio país. Recordemos que los desastres naturales y la extrema pobreza han provocado millones de desplazamientos, auténticas migraciones en los últimos años, millones de personas que han debido abandonar lo que hasta el momento había sido su hogar, se han quedado sin nada y en la actualidad no pueden beneficiarse del status de refugiado, lo que les reportaría una serie de derechos que ahora no tienen.
En lo referente a refugiados por motivos políticos o sociales, se calcula que existen unos 20 millones por todo el mundo, entre los cuales, como colectivos más importantes se contemplan 4’5 millones de palestinos, 3 millones de afganos y más de dos millones de iraquíes. Entre estos refugiados solo una pequeña porción de los que buscan asilo político lo consiguen, normalmente después de un largo peregrinar por embajadas y ser derivados de un país a otro, ya que los gobiernos desean evitarse conflictos diplomáticos.
A este grupo deberíamos añadir otros 25 millones de personas que no pueden acogerse a la clasificación de refugiados ni solicitar asilo porque han quedado atrapados o desplazados dentro de sus mismos países, entre los que se encuentran 6 millones de sudaneses, 3 millones de colombianos, 2’5 millones de iraquíes, medio millón de saharauis y un número indeterminado de tibetanos al igual que de cubanos.
En el otro grupo, el de desplazados por desastres naturales y por extrema pobreza según fuentes de Cruz Roja podría suponer alrededor de treinta millones de personas en la actualidad, y mientras el número de emigrantes forzosos por este motivo sigue aumentando los planes de asilo temporal y de ayudas puntuales están sufriendo una grave crisis y recortes presupuestarios.
Esta situación, nos da que pensar si realmente la ley internacional de refugiados en vigor, creada en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial no está ya obsoleta, ya que parece incapaz por si misma de responder eficazmente a la realidad actual de estas migraciones forzosas que se dan en el mundo. Dicha ley debería ser una garantía de que todos los seres humanos que deben huir por cualquier causa de su hogar puedan mantener su dignidad como personas.
Por desgracia parece ser que los organismos mundiales no están por la labor, quizá maniatados por intereses entre países o por cortesías que desconocemos entre ellos, pero hasta el momento nadie ha solicitado una revisión de esta ley que lleva camino a convertirse en una de las más antiguas y desfasadas de la ONU.
Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey
De estos emigrantes forzosos existen claramente diferenciados dos grupos, los que pueden acogerse al status de refugiado y los que no. La Convención de Ginebra de 1951, todavía hoy el principal instrumento para la protección de refugiados, define a un refugiado a “alguien que huye de su propio país por un temor bien fundado de persecución policial por motivos de raza, religión, membresía de un grupo social concreto o tener una opinión política”
Esta definición genérica de los refugiados deja fuera de dicho status a todos los que han huido de desastres naturales, o que, a pesar de ser perseguidos quedan enclavados en zonas delimitadas a modo de ghetos en su propio país. Recordemos que los desastres naturales y la extrema pobreza han provocado millones de desplazamientos, auténticas migraciones en los últimos años, millones de personas que han debido abandonar lo que hasta el momento había sido su hogar, se han quedado sin nada y en la actualidad no pueden beneficiarse del status de refugiado, lo que les reportaría una serie de derechos que ahora no tienen.
En lo referente a refugiados por motivos políticos o sociales, se calcula que existen unos 20 millones por todo el mundo, entre los cuales, como colectivos más importantes se contemplan 4’5 millones de palestinos, 3 millones de afganos y más de dos millones de iraquíes. Entre estos refugiados solo una pequeña porción de los que buscan asilo político lo consiguen, normalmente después de un largo peregrinar por embajadas y ser derivados de un país a otro, ya que los gobiernos desean evitarse conflictos diplomáticos.
A este grupo deberíamos añadir otros 25 millones de personas que no pueden acogerse a la clasificación de refugiados ni solicitar asilo porque han quedado atrapados o desplazados dentro de sus mismos países, entre los que se encuentran 6 millones de sudaneses, 3 millones de colombianos, 2’5 millones de iraquíes, medio millón de saharauis y un número indeterminado de tibetanos al igual que de cubanos.
En el otro grupo, el de desplazados por desastres naturales y por extrema pobreza según fuentes de Cruz Roja podría suponer alrededor de treinta millones de personas en la actualidad, y mientras el número de emigrantes forzosos por este motivo sigue aumentando los planes de asilo temporal y de ayudas puntuales están sufriendo una grave crisis y recortes presupuestarios.
Esta situación, nos da que pensar si realmente la ley internacional de refugiados en vigor, creada en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial no está ya obsoleta, ya que parece incapaz por si misma de responder eficazmente a la realidad actual de estas migraciones forzosas que se dan en el mundo. Dicha ley debería ser una garantía de que todos los seres humanos que deben huir por cualquier causa de su hogar puedan mantener su dignidad como personas.
Por desgracia parece ser que los organismos mundiales no están por la labor, quizá maniatados por intereses entre países o por cortesías que desconocemos entre ellos, pero hasta el momento nadie ha solicitado una revisión de esta ley que lleva camino a convertirse en una de las más antiguas y desfasadas de la ONU.
Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey
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