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miércoles, 30 de junio de 2010

el tarro

En nuestro ir y venir por este camino diario, la vida nos obliga a priorizar acciones. Nos obliga a tomar decisiones y a dar más valor a unas cosas que a otras. Aunque a veces es difícil priorizar unas frente a otras, saber cuáles son las importantes y cuáles son las superfluas.


Si conseguimos priorizar bien tendremos una gran ventaja, pues al tener que renunciar a algunas acciones, siempre renunciaremos a aquellas que son menos importantes. De esa manera evitaremos perdernos lo esencial y satisfactorio del camino y tendremos una línea clara para seguir.

El patriarca Zen, Sengzan, dejó escrito: “El Gran Camino sólo es difícil para aquellos que tienen preferencias”.

La siguiente historia nos explica de una manera física la escala de prioridades.

Al momento de haber empezado a hablar con sus discípulos, el maestro cogió un tarro grande de cristal, vacío, y empezó a llenarlo con las piedras que llevaba dentro de una bolsa. Cuando ya no cupieron más piedras en el tarro, pidió a los que le observaban si estaba lleno.

Todos contestaron que sí.

Entonces, el maestro sacó otra bolsa llena de pequeñas canicas de arcilla, y fue vaciándolas dentro del mismo tarro mientras iba removiéndolo, a fin de que esas pequeñas bolas llenaran los huecos que las piedras habían dejado vacíos.

Luego volvió a pedir a sus jóvenes discípulos si ahora el tarro estaba lleno. Ellos contestaron:

—Maestro, ahora sí que está lleno.

A pesar de la respuesta, el maestro volvió a coger el tarro, y sacando de debajo de la mesa un saquito de arena fina de la playa, fue vaciándola dentro del tarro mientras golpeaba éste con suavidad sobre la mesa, a fin de que la arena llenara todos los recovecos que habían quedado vacíos entre las piedras y las bolas de arcilla.

—¿Qué os parece? —les pregunto.

—Maestro, ahora sí que ya o cabe nada más.

Sólo entonces, el maestro preparó otro tarro igual que el primero, y empezó llenándolo con la arena que había sobrado del anterior. Cuando lo hubo llenado hasta el borde, y ante la mirada atónita de sus discípulos, volvió a sacar la bolsita de las canicas de arcilla e intento vaciarla dentro del tarro. Todas las bolas se derramaron sobre la mesa. Y lo mismo sucedió cuando intentó vaciar en el tarro las piedras que le habían sobrado.

Los discípulos miraban lo que hacía sin entender nada.

Fue entonces cuando habló y les dijo:

—Ahora quiero que comprendáis que vuestras vidas son como estos tarros de cristal vacíos. Las piedras grandes representan aquello que es realmente importante en la vida como la familia, la salud, el respeto, el amor, los amigos. Las pequeñas bolas de arcilla serían aquellas cosas a las que tenemos aprecio sin que sean del todo necesarias: la casa, el coche, la posición social, o hasta dinero y trabajo. Y la arena, que termina de rellenarlo todo sería el resto. Las cosas totalmente superficiales, las que podemos suprimir sin más.

—Después continuó diciéndoles.

—La enseñanza que os he querido trasmitir hoy es que si llenáis vuestra vida de las cosas realmente importantes, en ella tendrán también cabida las materiales y podréis rellenarla con las superficiales. Ahora bien, si como en el segundo tarro, de un principio llenáis vuestra vida de lo superficial, en ella ya no dejaréis espacio alguno para que tenga cabida nada más.


Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey
(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

martes, 29 de junio de 2010

Ilusión


Si hay un mensaje en el que hacen especial hincapié las historias de sabiduría, escritas desde la antigüedad hasta nuestros días, es en el de la superación personal.
Desde las culturas antiguas, pasando por todas las religiones, y también los grandes maestros espirituales, se esfuerzan en demostrarnos que nosotros mismos somos los mejores antídotos para superar las adversidades y contratiempos que el día a día nos deja en el camino.
Cada vez que nos encontramos de frente con una de esas adversidades, con uno de esos socavones que impiden el paso por nuestro camino se nos plantean tres opciones, tres posibilidades para una elección que no siempre es fácil.
Quizá la primera opción sea la de desandar el camino, volver atrás por la senda que ya conocemos y que sabemos que debido a ello será mas fácil de transitar. Volver al inicio de la etapa y quedarnos allá.
La segunda y, muchas veces, la más elegida, es la que nos hace quedar parados ante ese socavón, dando por terminado nuestro viaje a medio camino.
Y la tercera y a menudo la más difícil de tomar y de llevar a cabo, es la de intentar salir del socavón, intentar vencer esa adversidad. Esforzarnos para poder continuar avanzando en nuestro camino. Luchar a pesar que parezca que todo se ha puesta en contra nuestra.
Quizá sea esta la opción más difícil, la que más nos cueste, pero con el tiempo también será la que llenará más nuestro interior, la que nos proporcionará mayor placer interior. Caer y levantarnos, no perder la ilusión, esforzarnos para salir adelante, ese será nuestro transitar por la vida.



Cuentan que en la galaxia habitada por los Dioses, nació un hermosísimo hijo de la Ternura y el Deseo. A aquella hermosa criatura le pusieron de nombre Ilusión. Ilusión empezó su vida en aquel privilegiado lugar en compañía de sus también jóvenes amigos. Envidia, Rencor, Falsedad, Soberbia, Desencanto, Pereza, Mentira y alguno más.
Pronto fue consciente de que todos sus amigos crecían con rapidez, mientras, él seguía igual de menudo siempre. Además ya no le gustaba jugar con ellos, no les entendía. Únicamente lograba sobrevivir día a día gracias al amor que le profesaban sus padres. Ternura y Deseo se desvivían cada vez más por su hijo, pero llegó un momento en el que decidieron ir a pedir consejo a los grandes Dioses, necesitaban su ayuda.
Una vez que se hubieron reunido los Dioses de mayor rango y en boca de la Esperanza les comunicaron que habían decidido ayudarles y que enviarían a un mensajero para que se hiciera cargo de Ilusión.
Cuando llegó el mensajero de los grandes Dioses y empezó a hacerse cargo de Ilusión, pronto empezaron a notarse los cambios. Polvo de estrellas de la constancia, suaves brotes de fuerza, especias de la decisión. Algo de jarabe de voluntad, pequeñas pastillas de empuje y trabajo, postres bien condimentados con semillas de confianza, fueron desde entonces la alimentación básica de Ilusión.
Aquella pequeña criatura fue creciendo y a la vez haciéndose más bella y más fuerte. El milagro se había producido, Ilusión crecía y se desarrollaba con gran rapidez.
Llegó el día en que el mensajero de los grandes Dioses le dijo:

—Mucho hemos caminado y compartido juntos, ahora ya únicamente te queda cumplir una prueba. Una prueba que aquellos que antes conocías y que crecieron antes que tú, nunca podrán recorrer, pero que para ti será definitiva para demostrarte que realmente eres Ilusión y lo que puedes conseguir. Tienes que buscar, encontrar y llegar hasta Meta, no es necesario corras, basta que pongas en ello todo el empeño de tu corazón. No es una prueba donde la rapidez sea esencial, lo es mucho más la persistencia. Yo estaré esperando junto a ella cuando llegues.

Ilusión inició en seguida la búsqueda, todos sus deseos se encaminaron hacia el objetivo de esa búsqueda, el de encontrar y llegar a Meta. No vaciló en afrontar situaciones complicadas, no desistió en momento alguno de su empeño, hasta que al final lo consiguió.

En aquel momento, Ilusión se convirtió en Realidad.

—Ahora ya puedes saber quien soy —le dijo el mensajero de los grandes Dioses, presentándose como quien realmente era. El mensajero que había ayudado a crecer a Ilusión hasta que se convirtió en realidad era, Perseverancia.



Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

viernes, 25 de junio de 2010

El sembrador

Olvidamos las pequeñas alegrías por lograr la gran felicidad. Son detalles de la vida que dan otro punto de vista que, quizá, sea demasiado tarde cuando las quieras valorar.



“En un oasis escondido en los más lejanos parajes del desierto se encontraba el viejo Elian, arrodillado cerca de unas palmeras datileras.
Pasaba por aquel lugar la caravana de un rico mercader, que se instaló en aquel oasis para dar de beber a los camellos y descanso a los camelleros.
Cuando el mercader se fijó en aquel hombre de edad avanzada cavando en la arena, ordenó a sus sirvientes que levantasen y acondicionasen la Jaima en una zona resguardada del sol mientras él se dirigía a ver qué estaba haciendo ese anciano.
—¿Qué tal venerable anciano? Que la Paz de Alá sea contigo.
—Que la misma paz te acompañe —respondió el viejo Elian sin detenerse.
—¿Qué estás haciendo aquí, con este calor asfixiante y esta pala en la mano.
—Estoy sembrado —fue la respuesta.
—Y puedo saber qué estás sembrando.
—Dátiles —le dijo el anciano, mientras que con un gesto iba señalando todo el palmeral de alrededor.
—¡Dátiles! —exclamó el mercader, llevándose las manos a la cabeza, como el que acaba de escuchar la mayor tontería del mundo—
Y continuó: —El sol te ha afectado a la cabeza; vamos, deja esta pala y lo que estás haciendo y vamos a beber algo fresco en mi campamento a la sombra.
—No, primero terminaré la siembra, luego, si todavía lo deseas, podré acompañarte a beber.
—Pero, a ver, dime amigo mío, ¿Cuántos años tienes?
—No lo sé con exactitud. Setenta, ochenta, no lo sé, lo olvidé ya. Pero, qué importancia tiene ello.
—Pues mira —le dijo completamente serio el mercader—,las palmeras datileras tardan aproximadamente cincuenta años en crecer, y únicamente cuando son adultas dan fruto en abundancia, aunque vivas hasta los cien años, difícilmente podrás recoger fruto alguno de lo que ahora estás sembrando. Déjalo y ven a mi Jaima a tomar un té como nunca has probado.
—Mira mercader —dijo el viejo Elian dejando por primera vez lo que estaba haciendo—, yo he comido los dátiles que otros sembraron, otros que tampoco soñaron nunca comerse los dátiles que estaban sembrando. Yo siembro hoy para que mañana otros como tú, o como yo, puedan comerse el fruto de esas palmeras que estoy sembrando, para que otros como tú, o como yo, puedan guarnecerse del asfixiante sol a su sombra, para que otros camellos puedan abrevarse en el agua fresca del oasis. Y aunque sea en honor de aquel desconocido que el día de mañana podrá beneficiarse del esfuerzo mío de hoy, vale la pena terminar mi trabajo —y Elian siguió sembrando dátiles.
La sorpresa se reflejó en la cara de aquel mercader, acostumbrado a que fuera únicamente el incentivo económico lo que promoviera acciones y negocios, quedando literalmente con la boca abierta.
—Me has dado una gran lección de sabiduría, venerable anciano, déjame que compense este aprendizaje pagándote con una bolsa de monedas.
—Agradezco tus monedas —le dijo Elian riendo mientras recogía la bolsa—, ya lo ves, a veces suceden casos como este, tú mismo pronosticabas hace un momento que nunca podría recoger fruto del trabajo que estoy ahora realizando, y antes de terminar la siembra ya he recolectado esta bolsa de monedas y el reconocimiento de un amigo, —siguió riendo el viejo Elian.

Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría, Miguel Adrover caldentey)

jueves, 24 de junio de 2010

Tener el corazón de niño

Tener el corazón de niño, y la mente de un adulto es muy complicado. Casi siempre desaparece uno, cuando llega el otro, aunque debemos reconocer que sería una simbiosis perfecta poder disfrutar de ambas cualidades, y conseguir un equilibrio entre ambas. Quizá, para intentarlo, podríamos prestar atención al escrito que esta grabado en una ermita cercana a los Pirineos, cerca del camino de peregrinaje por excelencia, el Camino de Santiago.


Si realmente fueras un niño, un auténtico niño, en vez de preocuparte por lo que no puedes hacer, contemplarías la Creación en silencio. Te acostumbrarías a mirar en calma al mundo, la naturaleza, la historia, el cielo.
Si realmente fueras un niño, en estos momentos estarías cantando alabanzas a las cosas que tienes delante. Luego, libre de las tensiones, de los temores y de las preguntas inútiles, aprovecharías este tiempo para esperar, curioso y paciente, el resultado de las cosas en las que tanto amor pusiste (Carlos Garito, ermitaño italiano).

Cuantas veces hemos visto a aquellos chicos y chicas enfrascados en la realización de algo que a nosotros nos parece una pérdida de tiempo, cuantas veces les hemos recriminado por perder el tiempo porque a nosotros nos lo parece, olvidando que ellos encuentran de lo más interesante lo que están haciendo.
Cuantas veces les hemos recriminado por hacer aquello que, pensándolo bien, nos gustaría a nosotros poder hacer, pero nuestra mentalidad de persona adulta y responsable nos lo impide.
Las enseñanzas que nos llegan de los grandes maestros, recogidas en muchos libros y en muchos pensamientos de aquellos que a lo largo de su vida intentaron dar un poco de luz a los que quisieron escuchar, nos remiten a las palabras que ya habíamos oído:

“Procura vivir con la misma intensidad que un niño, él no pide explicaciones, se sumerge de cabeza en cada día como si éste fuera una aventura diferente, y cuando llega la noche, duerme cansado y feliz”.


Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

miércoles, 23 de junio de 2010

Una noche soñé que estaba caminando por la playa con el Señor, al mismo tiempo que en el horizonte se proyectaban las escenas de mi vida. En cada escena íbamos avanzando sobre la arena. Tras nuestro, únicamente quedaban las huellas, la impronta de nuestros pies al hundirse mientras avanzábamos.


Unas eran las mías, las otras del Señor. Cuando la última escena había transcurrido ante nosotros, volví la vista atrás, hacia las huellas. Fue entonces cuando advertí que en muchos tramos de mi vida únicamente se marcaban una línea de esas huellas. Y también pude comprobar que eso sucedía a lo largo de los momentos más duros que me había tocada vivir.

Este hecho me perturbó, por eso le pedí al Señor:

—Señor, Tú me dijiste, cuando decidí seguirte, que caminarías conmigo a lo largo de todo el camino, pero a lo largo de los peores momentos de mi vida, en la arena solo hay una línea de huellas. No comprendo el porqué Tú me abandonaste en los momentos que yo más te necesitaba.

Entonces Él, mirándome a los ojos con ternura y amor me contestó:

—Querido hijo, te he amado, te amo y te amaré. Nunca te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando vistes que en la arena únicamente quedaban un par de huellas fue en los momentos en que yo te cogía en brazos.



Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

lunes, 21 de junio de 2010

A veces, llegamos a convicciones que nos llevan a pensar que somos poseedores de la verdad, una verdad en la que preferimos creer ciegamente por miedo a demostrar nuestra ignorancia, preguntando.


Nos parece que nos presentaremos desnudos delante de la otra gente si aceptamos no saber una cosa que, en teoría, deberíamos saber.

Hay un proverbio chino que dice: “Quien pregunta tal vez pase por tonto a lo largo de cinco minutos, pero el que no pregunta será un tonto toda la vida”.

Si no avanzamos en nuestro aprendizaje, si nos quedamos anclados en nuestras verdades, nos puede pasar lo mismo que al elefante que han dominado.

El conformarnos únicamente con lo que siempre nos ha sido suficiente, con lo que siempre nos ha bastado, con lo que siempre nos ha parecido inamovible, ese conformismo hace que creamos a veces que estamos atados por una cuerda o cadena mucho más resistente de lo que es en realidad.

Se dice que un domador de elefantes, consigue mantener al animal atado utilizando un truco muy simple. Cuando el animal es todavía muy joven, ata una de sus patas a un tronco muy resistente.

El pequeño elefante, cada vez que lo atan lucha con desesperación para liberarse, intenta romper la cadena o arrancar el tronco. Así un día tras otro, llega el momento en el cual, cada vez que lo atan, el animal lucha con menos convicción. Poco a poco va haciéndose a la idea de que el tronco y la ligadura son más fuertes que él. Al cabo de un tiempo, llega un momento en el que el elefante, cuando le pasan la lazada por la pata, ya no lucha por desatarse.

En ese momento, el domador ya sabe que el animal, a pesar de que cuando sea adulto tendrá una fuerza descomunal, bastará pasarle una cuerda por la pata y atarla a cualquier tronco o estaca, y el elefante no se moverá.

El animal tiene el recuerdo impreso en su memoria de que no podrá desatarse ni vencer a esa ligadura ya que muchas fueron las veces que lo intentó y nunca pudo conseguirlo. Le hicieron creer una verdad cuando era todavía una criatura, y el desistió de seguir luchando.

A nosotros nos puede suceder algo parecido si paramos de luchar contra aquellas verdades que nos tienen atados, y muchas son las maneras en que podemos encontrarnos atados. Las ligaduras más fuertes son las que están en nuestra mente, nos vienen desde la infancia, desde la religión, de la moralidad, de los vecinos, de la familia.

Cuando nos encontramos con una de estas ataduras, recordemos que el elefante, con un simple querer, podría desatarse, intentemos nosotros luchar una vez más y quizá, descubramos con estupor, que es fácil romper estas ligaduras o arrancar el tronco.



Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

domingo, 20 de junio de 2010

El loco

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:


Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

-Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:

-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco.

Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.

Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

"Kalhil Gibrán"
 
 
PD. Estoy convencido que si la locura es desprenderse de las mascaras, desnudar el alma ante la gente, dar mi voz a los que no la tienen y ser criticado por el poder y los poderosos, aunque sea por sentir el beso del sol en la cara durante un segundo, vale la pena esa locura.  (Miguel Adrover Caldentey)

jueves, 10 de junio de 2010

El carro vacío

El convivir diario nos demuestra que no siempre los que más hablan son los que más saben. Comprobar esto no es muy difícil.

Es suficiente que nos paremos a escuchar las discusiones en lugares públicos, en cualquier lugar concurrido.
Rara es la vez en la que no podamos observar como alguien interrumpe a los demás con mala educación. Alguien que tiene una salida de tono o que levanta la voz, o que tiene una reacción violenta, alguien que se hincha al presumir de lo que posee, alguno que se siente prepotente o alguien que desprecia a los demás.
En momentos así, recuerdo siempre aquella historia que no por corta es menos cierta.



Un padre, paseando con su hijo, se paró cerca de un recodo del camino. Después de un silencio le preguntó:

—¿Escuchas algo?

Prestando más atención, el hijo respondió:

—Parece que viene un carro.

—Efectivamente, se acerca un carro vacío.

El niño se sorprendió ante tal aseveración de su padre.

—Como puedes saber que viene vacío si todavía no podemos verlo.

—Muy fácil, cuanto más vacío vaya el carro, más ruido producen sus llantas al rebotar en el camino.


Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey
(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

miércoles, 9 de junio de 2010

"Esto no es posible"

—Al iniciar tu camino entrarás en una puerta con una frase escrita en ella —dijo el maestro a su discípulo— Cuando la encuentres, vuelve y dime lo que en ella está escrito.

El discípulo se entregó en cuerpo y alma a la búsqueda. Cuando consiguió encontrar la puerta, volvió donde estaba el maestro.

—Ya pude leer la frase que al inicio del camino esta escrita.

—Y que es lo que dice.

—"Esto no es posible".

—Y donde estaba escrito, en la pared o en la puerta.

—En la puerta.

—Entonces vuelve allá, pon la mano en el picaporte y ábrela.

—Pero es que dice…

—Hazlo.

El discípulo obedeció al maestro y cuando empezó a abrir la puerta, como aquella frase estaba escrita en ella, se desplazaba con ella.
Con la puerta completamente abierta, la frase ya no podía leerse, y el discípulo pudo continuar su camino.

Realmente el cartel en la puerta que reza “Esto no es posible” será uno de los que encontremos constantemente en nuestro camino. Estos son carteles que dejaron clavados los que antes que nosotros hicieron el camino y no pudieron abrir la puerta, o no se atrevieron a abrirla.

El proverbio árabe dice: “Un hombre es sabio mientras busca la sabiduría; si llega a pensar que la ha encontrado, se convierte en idiota”.



Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

martes, 8 de junio de 2010

El parto de la ánfora

Todos conocemos historias de timos, todos estamos sobre aviso, pero, hoy en día, siguen existiendo en la calle. Los vemos anunciados en periódicos, en medios de comunicación, en Internet, se presentan en formas de hechiceros, de chamanes, de sanadores, de príncipes de exóticos países, de agentes inversores, de mil maneras, siempre con el mismo objetivo, hacernos creer que somos una especie de elegidos por haber topado con ellos, ya que serán capaces de solucionar todos nuestros problemas, ya sean personales, económicos, sociales, financieros y hasta los que la medicina no puede sanar.
Siempre terminaremos odiando nuestra ingenuidad al descubrir que la verdadera razón de su cercanía, es la de apropiarse de un modo fácil de nuestro dinero.

La siguiente historia trata sobre esta situación de una manera muy significativa y a la vez muy ilustrativa.



Una tarde, aquel hombre recién llegado al barrio, pidió prestada una olla a su vecino, ya que según él, le hacía falta urgentemente. El vecino no era, precisamente, uno de los más solidarios de la zona, pero la insistencia de aquel hombre y el hecho de ser un recién llegado al vecindario y además, el vecino más cercano, hizo que se encontrase prácticamente obligado a prestársela.

—Únicamente será por un día, no te preocupes amable vecino.

Pasó que al cabo de cuatro o cinco días, todavía no le había devuelto la olla, esta situación le tenía preocupado, por lo que decidió acercarse a casa de su nuevo vecino a reclamarle lo que era suyo, decidido a cantarle las cuarenta, como vulgarmente se dice, si fuera necesario.

Cuando le abrieron la puerta, el vecino no mostró sorpresa alguna al verle, es más, casi parecía estar esperando su visita.

—Quería devolvértela hoy o mañana a más tardar, te la hubiera llevado a casa antes, pero es que el parto fue tan difícil.

—Parto, ¿Qué parto?

—¿Qué parto va a ser? El de la olla.

—¿Qué? —Preguntó totalmente asombrado aquel hombre, que

cada vez iba entendiendo menos cosas.

—O no sabías que la olla estaba embarazada.

—¡Embarazada! —No entendía nada.

—Si, la misma noche en que me la llevé tuvo descendencia. Fue un parto difícil, por eso ha debido guardar reposo unos días, pero no te preocupes, ya está completamente recuperada, fue muy valiente. Espera un segundo.

Y entrando en casa fue a buscar la olla, a los pocos segundos volvió a salir con ella, una jarrita y una pequeña sartén.

—Esto no es mío —dijo el que se la había prestado—, únicamente la olla me pertenece.

—Ah no, si la madre es vuestra, justo es que las hijas también.

El propietario de la olla, al ver la decisión de su vecino, y pensando que podía estar aquejado de cualquier tipo de locura, o que sencillamente era tonto, pensó que sería mejor seguirle la corriente, no fuera cosa de que llevándole la contraria se pusiera nervioso, o quizá furioso.

A pesar de sus reticencias, cogió la olla, la jarrita y la pequeña sartén y volvió con las tres piezas a casa.

Al cabo de unas semanas, el mismo vecino volvió a aparecer por su casa, solicitando por favor que le prestara un destornillador y una prensa, que necesitaba para hacer una estantería que tenía empezada, ya que sin ambas piezas no podía terminar. El dueño no supo que excusa ponerle para decirle que no, por lo que finalmente accedió a prestárselas.

Pasó casi una semana hasta que el vecino volvió a devolvérselas, aunque consigo llevaba también una canastilla.

—El destornillador y la prensa se han liado juntos, lo siento, supongo que fue un descuido mío, pero durante estos días ella quedó embarazada y he aquí su descendencia, —y levantando la tapa de la canastilla le enseñó un buen puñado de puntas, alcayatas y tornillos.

El vecino que le había prestado las herramientas volvió a pensar,

—Está loco como una cabra, está como una regadera, estaría mejor encerrado—, pero como siempre viene bien tener alcayatas, tornillos y puntas en casa, alargó la mano, y lo cogió todo.

No habían pasado muchos días cuando volvió para pedirle prestado un pico, tenía que cavar y lo necesitaba para romper unas piedras.

A la semana, cuando se lo devolvió, venía acompañado de dos martillos.

—Tuvo gemelos —dijo.

Y así fue sucediendo con cada objeto, con cada herramienta, con todo lo que le pedía prestado, cada vez al devolvérselos, había descendencia añadida.

Llegó un momento que ya no pedía explicaciones, únicamente esperaba que llegara de nuevo para ver qué le pediría esta vez, o mejor dicho, para ver qué sería lo que le devolvería.

Un día, llegó a su puerta y le dijo:

—Apreciado vecino, ya se que abuso mucho de ti, pero, ¿te sabría mal prestarme esta ánfora de oro que tienes sobre la mesa? no te preocupes, será únicamente por una noche.

Se le iluminaron los ojos al pensar en lo que recibiría cuando se la devolviese, como mínimo unos anillos y una pulsera de oro, quizá también una gargantilla.

—Faltaría más, buen vecino. Y si tienen que ser dos noches, ya sabes que no tienes porque preocuparte, ve tranquilo—, le dijo entregándole el ánfora.

Paso el tiempo, cinco, seis días, una semana, diez días y el ánfora no había sido devuelta, aquel hombre ya no podía más. Decidido, se fue a casa del vecino:

—Y mi ánfora.

—No me atrevía a venir porque no tengo palabras para explicarte mi dolor. No sabes cuánto siento su muerte, no pudo resistir el parto, por un momento creí que lograría salir adelante, hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. Te prometo que luchamos para que se salvara, pero no hubo nada que pudiéramos hacer.

Y el hombre estalló, —Te has creído que soy tonto, no hagas que me enfade, como quieres que me crea que el ánfora de oro estaba embarazada y que murió durante el parto —dijo gritando ya.

—Mira vecino, has aceptado el embarazo, parto y descendencia de la olla, la boda y los hijos del destornillador y la prensa, los gemelos del pico y todos los demás aumentos de familia que se han producido cuando me has prestado algo, ¿por qué no ibas a aceptar ahora la muerte durante el parto del ánfora?





Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

(Extracto del libro; Cuentos de sabiduría)

lunes, 7 de junio de 2010

Sucedio en Nepal


Era Paulo Coelho el que contaba una anécdota que le sucedió a Isabella:




En Nepal, en un monasterio dedicado a la meditación, en un lugar donde la tranquilidad estaba presente en todos los rincones, en cada espacio y en cada momento, una tarde paseando con un monje…

…se sorprendió cuando aquél se detuvo, de entre sus hábitos saco una bolsa y la abrió, dedicando largo tiempo a observar lo que había en su interior hasta que levantando la cabeza, miró a Isabella

y le dijo:

—Sabes que los plátanos pueden enseñarte el significado de la existencia.

Luego de la bolsa, saco un plátano tan maduro que estaba echado a perder.

—Esta es la vida que ya pasó, no fue aprovechada en el momento adecuado y ahora es ya demasiado tarde.

Después del interior de la misma bolsa, cogió un plátano completamente verde, sin madurar todavía.

—Esta es la vida que está por venir, necesita esperar todavía.

De nuevo de la misma bolsa extrajo un plátano en su punto de maduración, lo peló y lo compartió con ella.

—Esta, amiga mía, es la vida en el momento presente, y el momento presente siempre tenemos que saber aprovecharlo, devorarlo si es necesario, sin miedo y sin culpa.



Texto y foto; Miguel Adrover Caldentey

martes, 11 de mayo de 2010

Posición integral

La posición integral de cada uno ante la vida es la forma como cada persona se siente a sí misma y a los demás respecto de ella. Por ejemplo: tendemos a ser duales hasta le médula en los extremismos, yo puedo sentir de mí mismo que soy inteligente y que hago bien las cosas, o que soy incapaz y no sirvo para nada. De los demás, si me sitúo en esos mismos extremos, que son perfectos y mejores que yo, o bien que no saben ni valen nada.


De cualquier manera, lo que está claro es que, cuando nos centramos ya en esa posición integral respecto a la vida, debemos huir de ambos extremos, e intentar siempre que podamos, sentirnos parte de la cadena para poder estar engarzados con el resto de la sociedad, como esas embarcaciones que duermen al resguardo del puerto de Essaouira en Marruecos, cuyos propietarios confían en el amarre de la embarcación vecina para que sujete firme la suya. Lo conseguiremos a través de amigos, de familiares, o simplemente de referentes en nuestra formación o en el día a día.

A partir de aquí, la posición firme de cada uno es saber entender que ni eres tan bueno ni tan malo, que puedes ser mejor o peor, pero no hasta el punto de auto alabarte ni de auto menospreciarte, y luego, una vez aceptadas tus limitaciones, comprenderás que los demás ni son tan buenos como para adorarles, ni tampoco tan malos como para odiarles. Llegados a este punto tendremos la suficiente libertad de criterio para saber que si nos afianzamos en unas convicciones debemos asumirlas, o si en cambio deseamos desentendernos de las corrientes comunes y optamos por la individualidad, ni los que nos alaben ni los que nos critiquen son ni mejores ni peores que nosotros.

En ese momento, es muy importante que te definas interiormente, porque has de saber si realmente te aceptas tal como eres o si por el contrario huyes de ti. Por otra parte, también has de analizar si en tus relaciones con los demás, aceptas o no a los otros.

Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey