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miércoles, 16 de junio de 2010

Los muros de la vergüenza

Una vez más deberíamos replantearnos si realmente en pleno siglo XXI la humanidad es tan civilizada como queremos deseamos creer.

Han transcurrido ya veinte años de la caída del muro de Berlín, abanderado por todos como la eliminación del último símbolo de la separación cultural y social de una nación y por ende considerado como la eliminación del último elemento físico opresor de la población europea. La demolición del muro de Berlín se convirtió en un liberación cultural, política y social entre Europa y los países del Este, festejado a lo largo y ancho del Continente, con la destrucción del muro físico, la unión de un continente tuvo su imagen simbólica, fiestas, publicidad, brazos abiertos a países y repúblicas ex soviéticas, la caída del telón de acero, final de la guerra fría, y sobre todo, lideres políticos abrazados y trozos del muro vendidos como souvenir, y otros dejados en pié para que nunca volviera a repetirse la historia, ¿Cuántas veces habré oído esta frase?

Y que aprendimos de esa historia, que los habitantes de aquellos países deseaban entrar en la sociedad del bienestar y del consumo. Intentar una emigración que para ellos significaba una nueva manera de intentar abrirse hueco en una sociedad que acaparaba la mayor parte de la economía y a la que no habían podido acceder desde la segunda guerra mundial.

Esta migración, no únicamente desde el este de Europa, sino desde países del África Subsahariana, de Asia y de Latinoamérica revolucionó sobremanera a las sociedades más ricas, ya que cuando los inmigrantes llegaron a los países con economías más fuertes fueron empleados, legal o ilegalmente en los trabajos que los de allí no deseaban, los trabajos peor remunerados y de menos categoría social, y todo iba bien, hasta que la crisis nos ha obligado a replantearnos que ni todos podemos ser médicos, ni controladores aéreos, ni tan siquiera abogados o notarios, y ahora los inmigrantes que en su día cubrieron las plazas que nadie quería y no son tan bien vistos.

Pongo este ejemplo porque es el que más próximo geográficamente me queda, aunque en América, Asia y África se dan los mismos problemas y en parecidas escalas.

Y porqué hablo de el muro, pues sencillamente, porque desde la caída del muro de Berlín se han construido más de una docena de muros para frenar la entrada de inmigrantes a aquellos países que comparten frontera con estados más pobres, y al parecer, estas construcciones físicas para delimitar territorios irá en aumento.

Encontraremos alambradas, barreras o muros de la vergüenza entre Estados Unidos y México, entre China y Corea del Norte, India y Bangladesh, Bostwana y Zimbawe, Israel y Gaza, España y Marruecos, Arabia Saudita y Yemen, etc., además de medio centenar de fronteras militarizadas que impiden el libre transito de civiles.

Esta situación se da en una sociedad que se autodenomina plural, multicultural y que aboga por la globalidad, ¿la globalidad de qué?

Según los dirigentes de estos países que construyen un vallado a su parcela geográfica, es totalmente legítimo proteger sus fronteras de los flujos de inmigrantes sin documentación, también según ellos estos elementos físicos de contención cumplen una función simbólica y disuasoria contra los ilegales.

Y de nuevo me pregunto, ¿realmente hay alguien ilegal en el mundo?, quién repartió los territorios, quién marcó las fronteras, muchas de ellas impuestas por países invasores que dividieron los territorios conquistados sin ningún respeto a las sociedades étnicas, culturales o raciales que poblaban ancestralmente esas tierras.

Esta claro que la inmigración ilegal, el flujo migratorio de los que menos tienen, no lo parará un muro, siempre habrá quien lo intente a costa de su vida, quien lo consiga, y por desgracia, quién se beneficie y lucre de ello convirtiéndose en traficante de personas, ocultándoles en fondos de camiones de carga, en marchas suicidas a través del desierto, o en pateras cuyas posibilidades de llegar a la costa son prácticamente nulas, u ofreciendo a chicas jóvenes la posibilidad de triunfar para finalmente terminar en la esclavitud de un comercio repugnante, el de la trata de blancas.

Por desgracia, el miedo a perder la vida no detiene al desesperado, y esa necesidad es una fuente inmensa de riqueza para auténticos traficantes de seres humanos sin escrúpulos, muchas veces actuando conjuntamente en connivencia con alguno de los que desean que las fronteras sean infranqueables, pues de esa manera él tiene garantizada una suculenta gratificación por hacer la vista gorda.



Texto y fotos; Miguel Adrover Caldentey